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Sobre el miedo del escritor a ser visto

Ula Kaniuch
marzo 22, 2025 | 4 lectura mínima

He pasado años escribiendo con el secreto temor de que una sola palabra fuera de lugar me expusiera, no sólo como un mal escritor, sino como un fraude.

Mi formación es originalmente en fotografía, y lo veo ahí también. Un fotógrafo que conozco publicó recientemente una comparación del antes y el después de su edición de 2018 con la de ahora, preguntándonos si también hemos notado cambios en nuestro propio trabajo a lo largo de los años.

Naturalmente, deberíamos. Si nuestro trabajo es el mismo, con años de diferencia, ¿realmente hemos crecido como artistas?

Entonces, ¿por qué es tan doloroso el crecimiento, el proceso, la rutina diaria?

Entonces, ¿por qué es tan doloroso el crecimiento, el proceso, la rutina diaria?

El embrujo

Pulsar "Publicar" en un ensayo o blog siempre me genera inseguridad: pensar demasiado, editar demasiado. El miedo a que alguien me critique por no ser un escritor de verdad.

Al principio dudé en incorporar la escritura a mi trabajo freelance. Tengo formación en fotografía y diseño. Escribir era algo que me atraía, pero no tenía un título que lo acreditara. No tenía un sello oficial de aprobación.

Como muchos escritores, comencé sin ninguna confianza en mi voz: angustiado por las ediciones, ahogándome en la investigación y cuestionando cada palabra.

Incluso creé un escudo para mí: la escritura fantasma.

Incluso creé un escudo para mí: la escritura fantasma.

Si mis palabras no fueran mías, no podrían estar equivocadas. Escribir en nombre de otro significaba seguridad: sin riesgos ni vulnerabilidades, solo palabras sin propiedad.

Todavía recuerdo la sensación de desplazarme hasta el final de un artículo que había escrito y ver el nombre de otra persona, su rostro junto a palabras que alguna vez habían sido mías.

La verdad es que siempre quise escribir. De niño, lo imaginaba. Sin embargo, me vi entregando mi trabajo, dejando que alguien más lo asumiera.

Me dije que no importaba. Era trabajo. Que me pagaran por escribir debería ser suficiente.

Pero aquí está la cuestión: no solo iba a lo seguro, sino que me iba borrando poco a poco. Palabra a palabra. Edición a edición. Y, finalmente, en la firma.

No solo iba a lo seguro, sino que me iba borrando poco a poco. Palabra a palabra. Edición a edición. Y, finalmente, en la firma.

El acto de desaparición

Esto también era cierto cuando escribía con mi propio nombre. Cuanto más me preocupaba por hacerlo bien, menos sonaba yo.

Me preocupaba. Me preocupaba la extensión de un ensayo («la gente se aburrirá»), encontrar un sinfín de ejemplos que justificaran mi investigación («mi opinión no es válida por sí sola»), el título que le daba a un texto («tiene que ser atractivo») o eliminar los toques personales («más vale prevenir que curar»).

Construí una barrera alrededor de mi escritura, ajustando, modificando, corrigiendo en exceso. Los consejos que pretendían ayudar solo me encerraron. Crearon una oración reescrita para sonar más inteligente, una opinión suavizada para sonar más segura, un párrafo remodelado para sonar aceptable.

Construí una barandilla alrededor de mi escritura, ajustándola, rectificándola y corrigiéndola en exceso.

Pero ir a lo seguro hace que el trabajo sea aburrido. La escritura pierde su filo.

Me costó mucho esfuerzo romper este hábito. No soy perfecta, pero esto es lo que sé tras un año de dejar que mi escritura sonara a mi manera:

Mi obra es más clara. Se mueve a mi propio ritmo. Está menos condicionada por la influencia externa, por el miedo, por la constante necesidad de perfeccionarla hasta convertirla en algo más pulido, más agradable.

Pero ir a lo seguro hace que el trabajo sea aburrido. La escritura pierde su filo.

La Resurrección

El afán de aceptación es una pendiente resbaladiza, una por la que no siempre nos damos cuenta. Está presente en las pequeñas decisiones que nos alejan de la integridad artística: fijarnos primero en cómo lo hicieron otros, ajustar nuestro trabajo para que encaje en un molde, dudar antes de decir lo que realmente queremos decir.

Y seamos sinceros: no se trata solo de escribir. Se filtra en todo.

Está presente cuando callamos ante las malas acciones, cuando reprimimos nuestra verdadera forma de ser, cuando elegimos un trabajo que nos parece "respetable", sea lo que sea que eso signifique. Está en cada "sí" que decimos cuando en realidad queremos decir "no".

Si tu autoexpresión se basa en una necesidad de aceptación, ¿creas para ti o para los demás? ¿Tu trabajo te ayuda a explorar tus pensamientos y tu vida? ¿Aporta profundidad, energía y significado?

Mi obra es más clara. Se mueve a mi propio ritmo. Está menos condicionada por la influencia externa, por el miedo, por la constante necesidad de perfeccionarla hasta convertirla en algo más pulido, más agradable.

Lo entiendo. Somos criaturas sociales. El aislamiento no es la solución. Ignorar las normas sociales no nos hará mejores escritores. A menudo, el trabajo más significativo nace de responder a esas normas o resistirse a ellas.

Pero conocerte a ti mismo lo suficientemente bien como para reconocer cuándo la aceptación está moldeando tu trabajo aporta claridad.

¿Estoy haciendo esto para ser parte de una comunidad, para construir conexiones, para aprender y crecer?

¿O estoy haciendo esto para cumplir con las expectativas de otra persona, apagando mi voz sólo para encajar?

El avivamiento

Esto es lo que sé al repasar mis escritos: estoy agradecida por los años de aprendizaje, por las veces que busqué la aceptación con curiosidad. Pero ahora estoy en una fase diferente.

Sé quién soy y quienes se conectan con mi trabajo me lo reflejan: en los mensajes que me envían, en las conversaciones que compartimos.

Sé quién soy y quienes se conectan con mi trabajo me lo reflejan: en los mensajes que me envían, en las conversaciones que compartimos.

Son nuestras diferencias las que impulsan el crecimiento. Quiero cultivar estas conexiones, sentirme desafiada por la diferencia, seguir escribiendo de una manera que me identifique. La persona que no tiene miedo de expresar lo que pienso y lo que me importa.

Así que os pregunto, como me pregunto ahora a mí mismo:

Si nadie te mirara, si nadie pudiera juzgar, ¿qué escribirías?

Si nadie te mirara, si nadie pudiera juzgar, ¿qué escribirías?

septiembre 10, 2026 2 lectura mínima

The winning short story in the 2026 Freewrite 500 is "Deathbed Victory" by Rocky Halpern.

I wish my mother could be a little less enthusiastic about losing weight from chemotherapy. Her sharp wrists and angular neck are trophies others remark upon. They look past her hair and eyebrows that are like hay carried away by a thunderstorm and ask if she’s doing keto or mediterranean. 

The world is mesmerized by shrinking things. Mini candy bars, happy meal toys, tiny dogs that fit inside a purse, dollhouses, adults who weigh as much as children. 

My mother wants me to go on Ozempic. I sit next to her hospital bed, and she wraps her wisp of a hand around my thick, pulsing wrist. She asks me to dream of wearing matching bikinis on the shores of a tropical beach. She wants me to share in her religion, recite the sacred text: Nothing tastes as good as skinny feels. 

But chemo has rubbed her tastebuds down to a dull throb, so what does she know about it anyway? 

She dozes off as evening begins to creep. The TV mounted to the wall across from the bed plays a muted rerun of Friends, the one where Monica wears a fatsuit. She is half my size, at least. I turn off the TV, let go of my mother’s hand, and head toward the cafeteria. 

I examine limp premade salads, gray tuna fish sandwiches, and an unmanned make-your-own smoothie station. Eating dinner here doesn’t leave me with much of an appetite. Maybe I don’t need weight loss medication after all, I can just skulk the halls and wonder how much time we have left together. 

How much of that time will my mother spend wishing there was less of me? 

How much less of her can there be before she disappears? 

A nurse is checking her vitals when I return to the room. My mother looks at me, laughs softly, and asks the nurse, Can you believe she used to fit inside of me? 

I think of how we must have been, her warm body encasing mine like a bacon-wrapped date. I wonder if she ate hot fudge sundaes when she was pregnant with me. I wonder if there is a single moment of her life where she didn’t feel terrified of her body. 

My mother is a ghost and it’s the proudest she’s ever been, her deathbed victory lap. Somewhere, Jenny Craig sheds a tear and whispers into the ether, It’s not just about losing weight; it's about gaining life.

septiembre 09, 2026 2 lectura mínima

We're thrilled to present one of the winning stories in the 2026 Freewrite 500 flash fiction competition: "Poisoned" by Lisa Dotzauer.

septiembre 09, 2026 2 lectura mínima

The Freewrite team is thrilled to present one of the winning stories in the 2026 Freewrite 500 flash fiction competition: "When a Place Remembers" by Courtney Megan.